¡Con el alba, cuando el gallo cante! Eso fue todo lo que le dijeron, y lo tiraron tierra adentro, pasando la sombra de gastados barrotes que marcan la frontera de la celda.
Acusado de haber robado algo que no era suyo, aquel hombre no lograba que sus carceleros vieran su verdad, de que él no era culpable. Que jamas había tomado nada que no fuera suyo.
Pero ninguno de aquellos parados del otro lado de la reja le creían, incluso llegaron a pensar que era un delirante.
_ ¿Y que me pasará cuando el gallo cante? _ preguntó.
_ En verdad quieres saberlo, respondieron. ¡Con el alba, cuando el gallo cante, la muerte vendrá a
buscarte!
Esa noche no durmió, se mantuvo en vilo aguardando, rogando por no escuchar el canto de aquel que anunciaba su muerte al llegar el alba. Así pasó toda una semana entera, hasta que un buen día pensó. No puedo seguir esperando a la muerte, tengo que escapar de este encierro, no puedo terminar de este modo, yo soy inocente. Pero si intento escapar y me atrapan, pensarán que soy culpable, y que por eso intento huir, no lo puedo permitir, ¡No! Eso no está bien.
Tengo que pensar, el alba está cerca, y si este día el gallo canta, significa que es mi último día de vida.
He escuchado que aquí, a los condenados, los que escuchan cantar el gallo al alba, a esos los cuelgan hasta que su cuerpo deja de temblar.
No le tengo miedo al encierro, no le tengo miedo a la soledad, pero a la muerte, a ella si le temo.
Ya no puedo esperar, no quiero escuchar al gallo cantar, ni al alba, tampoco al anochecer. Estoy decidido, de alguna manera me iré de esta prisión.
Mañana con el alba, cuando el gallo cante, la muerte encontrará mi sudor, mis miedos, hallará lo que fui y lo que pude ser, pero a mí no me encontrará.
Que bonito, te felicito. Da gusto leer algo así.
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