No pude sujetarme a tus manos de alas
no logré alcanzar mi cielo.
Y te marchaste, en agonía, sin despedirte,
por ese camino de piedras sin voces
de huellas astilladas y muertas,
por ese camino de mariposas ciegas,
de amaneceres prohibidos.
No pude retener tus besos de agosto
y tus antojos de siempre,
no pude ser raíz de tu madre selva
con mis ojos de tierra y mis manos de noche.
Ahora, los días se han quemado sin cenizas
y las auroras, desangrado sin estrellas.
Sin despedirte, vi tu sombra de ayer
alejarse de estos huesos,
alejarse de este corazón, que se oscurece sin germinar,
que apenas respira.
Que habita encadenado
bajo la sombra de un reloj de arena,
y grano a grano se marchita,
y grano a grano se quiebra.
Sin despedirte, me olvidaste a mi suerte
y a morir sin iglesia, sin ave María,
a vivir de suspiros náufragos, de amores de cuento.
He visto agonizar mi cuerpo,
he visto a mi carne caer en escombros,
mi piel desaparece,
seca mi boca, seca mi alma
que ayer murió, sin despedirse.
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Solo quiero decirte, gracias.