jueves, 19 de enero de 2017

Mi casa

No quiero limitarme a pensar, que sólo es un lugar protegido por cuatro paredes, una puerta y unas cuantas ventanas, y que se alza enclavado en un pedazo de tierra cualquiera.
Con un pequeño jardín donde florecen las esperanzas, camina el tiempo y se renueva la vida.
Es algo más que eso, es mi templo, mi refugio, es un espacio que no tiene tiempo, donde se encierran todos mis deseos y pensamientos.
A ese lugar llego cada noche, sabiendo que me hace sentir un rey, que el sacrificio derramado por mis manos, renace cada día, con cada salir de un nuevo sol.
El mundo se destruye afuera, lejos de nuestra puerta, pero aquí adentro, la paz encontró un lugar donde hacer su nido de regocijo, un lugar donde las palabras son limpias, y no se pierden al pensarlas.
La tentación sucumbe ante el cristal de las ventanas, pero ni siquiera su frío traspasa la verdad, de no caer en la simpleza, por eso retamos a la indiferencia.
En mi casa, todos los sueños son posibles, y cada uno de los que vivimos en ella, somos conscientes de que para hacerlos realidad, hay que luchar por ellos. El no puedo, no figura en nuestras palabras, y la razón, es un poema libre en nuestra mente.
Las canciones escritas por vergüenza, ya no mojan nuestra oreja, preferimos escuchar el canto vivo, en la risa de un solitario río.
Cada reunión en nuestra casa, es una plegaria de agradecimiento, porque en ella nos sentimos alimentados, y esa sensación, es como soltar infinitas miradas que se hacen libres, y corretean bajo las sillas.
La alegría de sentirse vivo, y de pisar sin miedo al que dirán, por pensar diferente, no son calco de nuestro camino.
Mi casa, solo permite que pongan sus pies en ella y que caminen por su sangre, únicamente a aquellos que al pasar por su puerta, dejan afuera  las sombras y el pensamiento, ese, que los impulsa a querer tener lo que no es suyo.
Los conflictos de los que viven en la ignorancia, permanecen atados, lejos de nuestras manos, no somos participes de sus miedos.
Los años pasan, las paredes se gastan de tanta pintura, pero siguen firmes, son columnas entrelazadas que ven pasar los sueños. La puerta sigue abierta al amor, aunque sus grietas son profundas, y es por eso, que prefiere alimentarse con las manos que la tocan.
Cómo no querer a mi casa, si en ella me siento rico, porque sé bien, que al acostarme cada noche, puedo soñar y sentirme seguro bajo su aliento.
El sacrificio de levantas cada uno de estos bloques, para que se hicieran fuertes, también marcó la unión de esta familia, nos hizo duros, aunque muchas veces vimos sangrar  nuestras manos, jamás soltamos una lágrima.
La pobreza, alguna vez compartió nuestra mesa, no obstante le pusimos el hombro y, así la erradicamos en el olvido, como si no la conociéramos.
En las mañanas, se abren nuestras ventanas para dejar entrar la brisa, que se hace huésped en nuestras camas, y se queda dormida en el silencio de almohadas y sábanas.
El sol celoso, también acaricia caras con sueño, y por no sentirse menos, le pone calor al corazón, para luego esconderse cada tarde.
Este castillo que llamamos casa, donde cada uno cuida un horizonte, se mueve siguiendo las huellas, que dejaron los que nacieron antes.
Cuando el mundo, infestado de tanto consumismo se quiebre cayendo en pedazos, habrá un lugar donde encontrar refugio, siempre estará mi casa, de paredes y manos.

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