sábado, 18 de febrero de 2017

El árbol




















Nací sin permiso, desgarrando la tierra,
entre caracoles secos y
semillas nuevas.
De apoco fui ganando mi espacio,
mirando el sol
y escuchando llorar a la luna.
La lluvia me encontró desnudo,
pero ella, me hizo fuerte.
Hoy soy brote, hoja y flor,
soy tronco, fruta,
y sombra que da refugio.
Mis raíces son venas que buscan agua.
Mi tronco, es escudo en el viento.
Las hojas me abandonan,
la fruta la obsequio.
No lloro en invierno,
no me lastima el otoño,
el verano me abriga,
y en primavera renazco.
Mi cuerpo es pura madera,
al igual que mis manos.
Soy solo un árbol, que nació equivocado.
Pero, no sientas frío,
porque siempre estaré a tu lado,
ahí, mirando juntos el fuego,
en la estufa, a un costado.

jueves, 19 de enero de 2017

Mi casa

No quiero limitarme a pensar, que sólo es un lugar protegido por cuatro paredes, una puerta y unas cuantas ventanas, y que se alza enclavado en un pedazo de tierra cualquiera.
Con un pequeño jardín donde florecen las esperanzas, camina el tiempo y se renueva la vida.
Es algo más que eso, es mi templo, mi refugio, es un espacio que no tiene tiempo, donde se encierran todos mis deseos y pensamientos.
A ese lugar llego cada noche, sabiendo que me hace sentir un rey, que el sacrificio derramado por mis manos, renace cada día, con cada salir de un nuevo sol.
El mundo se destruye afuera, lejos de nuestra puerta, pero aquí adentro, la paz encontró un lugar donde hacer su nido de regocijo, un lugar donde las palabras son limpias, y no se pierden al pensarlas.
La tentación sucumbe ante el cristal de las ventanas, pero ni siquiera su frío traspasa la verdad, de no caer en la simpleza, por eso retamos a la indiferencia.
En mi casa, todos los sueños son posibles, y cada uno de los que vivimos en ella, somos conscientes de que para hacerlos realidad, hay que luchar por ellos. El no puedo, no figura en nuestras palabras, y la razón, es un poema libre en nuestra mente.
Las canciones escritas por vergüenza, ya no mojan nuestra oreja, preferimos escuchar el canto vivo, en la risa de un solitario río.
Cada reunión en nuestra casa, es una plegaria de agradecimiento, porque en ella nos sentimos alimentados, y esa sensación, es como soltar infinitas miradas que se hacen libres, y corretean bajo las sillas.
La alegría de sentirse vivo, y de pisar sin miedo al que dirán, por pensar diferente, no son calco de nuestro camino.
Mi casa, solo permite que pongan sus pies en ella y que caminen por su sangre, únicamente a aquellos que al pasar por su puerta, dejan afuera  las sombras y el pensamiento, ese, que los impulsa a querer tener lo que no es suyo.
Los conflictos de los que viven en la ignorancia, permanecen atados, lejos de nuestras manos, no somos participes de sus miedos.
Los años pasan, las paredes se gastan de tanta pintura, pero siguen firmes, son columnas entrelazadas que ven pasar los sueños. La puerta sigue abierta al amor, aunque sus grietas son profundas, y es por eso, que prefiere alimentarse con las manos que la tocan.
Cómo no querer a mi casa, si en ella me siento rico, porque sé bien, que al acostarme cada noche, puedo soñar y sentirme seguro bajo su aliento.
El sacrificio de levantas cada uno de estos bloques, para que se hicieran fuertes, también marcó la unión de esta familia, nos hizo duros, aunque muchas veces vimos sangrar  nuestras manos, jamás soltamos una lágrima.
La pobreza, alguna vez compartió nuestra mesa, no obstante le pusimos el hombro y, así la erradicamos en el olvido, como si no la conociéramos.
En las mañanas, se abren nuestras ventanas para dejar entrar la brisa, que se hace huésped en nuestras camas, y se queda dormida en el silencio de almohadas y sábanas.
El sol celoso, también acaricia caras con sueño, y por no sentirse menos, le pone calor al corazón, para luego esconderse cada tarde.
Este castillo que llamamos casa, donde cada uno cuida un horizonte, se mueve siguiendo las huellas, que dejaron los que nacieron antes.
Cuando el mundo, infestado de tanto consumismo se quiebre cayendo en pedazos, habrá un lugar donde encontrar refugio, siempre estará mi casa, de paredes y manos.

miércoles, 11 de enero de 2017

Por falta de leña

El viejo, Juan, caminaba cabizbajo junto a la leña, que se mantenía inmóvil, esparcida por el campo.
¡Ésta, de seguro hace pura llama! En cambio la coronilla ¡Qué leña buena es la coronilla!
¿No les parece?, que es una de las mejores maderas, que es capaz de entregarse al fuego para formar una buena braza.
La estufa sopla y sopla su cansado humo, y pide a gritos que la llena con leña. Ayer, traje un montón que recogí entre cascaras de eucaliptus y  piñas resecas.
Si no avivo el fuego, la comida no estará pronta para cuando llegue, Lucrecia.
Se va a enfadar conmigo, y va a tener que esperar y, es algo que yo sé que no le gusta.
¡Pero ni la mesa está puesta!
¿Qué les parece, pondré algún florero sobre la mesa? A, Lucrecia, le gustan las rosas. Prefiere las que son bien perfumadas, con pétalos bien formados y brillantes. Esas, que esperan hasta el final del verano, para desojarse.
¡Justo ahora, la estufa se viene a apagar del todo! Necesito más papel para intentar encender éstas brazas, que siguen frías y se retuercen en el fondo.
Ya hace rato que intento encender la estufa, y la muy maldita no quiere. Soplo sin parar, mientras le arrimo otro pedazo de papel. ¡Si le hago aire con el repasador, quizá prende!
¡Ustedes pensarán que estoy loco, y tal vez tengan razón!
Lo mejor sería echarle un poco de querosén, con eso segur prende.
Era solo un niño cuando llevaba el pelo corto. Ahora lo tengo igual, pero más chamuscado, gracias al fogonazo del querosén. ¿Habrá quedado con sabor la comida?
Espero que, Lucrecia, no tenga buen olfato. Voy a traer más rosas, así logro disimular en algo el olor inmundo, que emerge incesante de la estufa.
Parece que fue ayer, cuando hice este jardín, y lo llené de flores. Recuerdo que solo era tierra y unas cuantas piedras.
Lucrecia, solo quería rosas. ¡Yo prefiero los jazmines, porque su perfume es más dulce que el de una rosa!
Voy a cortar unas cuantas flores, y las voy a poner sobre la mesa. Al costado de la estufa, allí también pondré algunas. Quiero disimular el asqueo a querosén.
¡Lucrecia, me matará, si llega a descubrir lo que hice!
Si aparte de las rosas, derramo un poco de perfume. ¿Qué piensan, estaré haciendo lo correcto?
Puede que sí y, de una vez por todas logro quitar el mal olor y, tal vez la comida con, Lucrecia, no sale tan mal.
El perfume hizo avivar el fuego, y la comida hierve dentro de la olla. La voy a dejar tapada, mientras me visto.
En diez minutos llega, Lucrecia. ¿Estaré bien vestido para la ocasión? Yo creo que sí, creo que me irá bien después de todo.
Mejor miro la estufa.
Elegir la ropa que ponerme, me ha llevado media hora. ¡Creo que fue demasiado fuego!
La comida se pegó en el fondo de la olla.
Por suerte, Lucrecia, no vino.

viernes, 6 de enero de 2017

La inocencia de un rostro marchito

Hoy me tropecé con la inocencia, la observé por los barrotes de una reja, mientras camino por una vereda vieja y quebrada.
Sentado en un banco viejo, un hombre anciano despedaza sin remordimiento un trozo de pan, observando cómo se oscurecen las sombras de un montón de palomas flacas, que sin misericordia hacen suyas las migas entre picotones.
Los ojos, vacíos de sueños de aquel viejo, denotan los años, con arrugas que son cataratas que se resbalan por su cara, y empujan a un montón de lágrimas que caen muertas al piso.
Lo veo frotarse sus manos gastadas, llevarlas hasta su cabeza para acomodar la gorra de lana, en la que aún se logra observar las cicatrices hechas por las polillas.
Al verlo así, me pregunto. ¿En qué momento su familia perdió el amor por él? ¿Por qué quebraron su alma y lo privaron de sus afectos, arrastrándolo a vivir en el olvido?
Acaso, en algún momento de su vida se tomaron el tiempo para preguntarle, si así era la manera en que quería terminar sus días, alimentando palomas tristes, y caras que no conoce.
Con su ropa dolida, sigue esperando no se sabe qué. Sólo él es dueño de ese sentimiento, que lo mantiene sentado en el frío, en aquella mañana de invierno.
Igual que un reloj, ve pasar las horas sin sentir la caricia de todos los que se olvidaron de venir a visitarlo, justo en este domingo del día del abuelo.
Él no entiende su futuro, pero tampoco quiere entregarse, menos verse vencido por esa voz oscura que le susurra entre dientes, no van a venir.
Se levanta del banco, y camina con una mirada perdida sin comprensión ni rumbo.
Yo lo miro y sigo caminando, de apoco voy acercándome a la puerta del internado.
Una voz le grita, Don José, no se aleje del patio de descanso, y entonces pude escucharlo. Estoy sentado en un banco más viejo que mi vida, rodeado de flores que se murieron hace años y, a este lugar lo llaman patio de descanso, murmuraba Don José.
Detuvo su paso de niño, y pude ver sus ojos celestes, recorrer la calle de un lado a otro, buscaba otros ojos ausentes de su pasado.
No pudo reconocer a nadie, y con la tristeza colgando de sus zapatos gastados volvió al banco y allí se sentó. Algo decía para él, pero yo no le entendía, por más que aceleraba mis pasos hasta donde se encontraba.
Una joven con su túnica blanca se acercó hasta Don José, en sus manos una carta escrita por trazos entrecortados, le hacían saber que su familia no podía venir a verlo, que le mandaban besos del país donde se encontraban de vacaciones.
Sus manos tiemblan mientras la joven lee la carta, igual al frío en aquella mañana, así era el corazón de los que cambiaron la sangre, por pequeñas alegrías.
Mientras me acerco, no soy capaz de renunciar a mi tristeza. ¿Cómo pudieron dejar de venir, justo en el día del abuelo?
Yo no tengo el mío, hace años que se marchó su huella, quizá por ese motivo me duele más.
Apurado y sin pedirle permiso me senté a su lado, quería de alguna manera hacerle sentir que no estaba solo, que yo estaba ahí para escucharlo. Mi único anhelo, era que por un rato aunque fueran minutos, me sintiera un familiar.
Me miró y pude ver la alegría nacer en sus ojos y, fue ahí que me confundió con su hijo.
Sabía que ibas a venir Uruguay, me dijo, y se quebró en llanto mientras me abraza.
En ese momento, juro que sentí aquel abrazo que hace años me daba mi padre cada vez que nos veíamos, y lloré sintiéndome niño, junto con aquel hombre viejo, que se hacía pedazos sentado a mi lado.
Desde ese domingo, aunque llueva, truene, o haga frío, no dejo de venir a visitar a Don José.
Él me espera sentado en su banco viejo, con sus ojos de cielo y su gorra apolillada, pero con un abrazo que sigue vivo.