jueves, 1 de febrero de 2018

Niños de la calle

¡No sé si logras escucharlos!
No sé,
tal vez solo yo puedo oírlos.
Resuenan en el vacío, voces que no se escuchan,
pasos que siguen viviendo en el silencio.
Hay un resumen de gritos sin terminar.
Son palabras vencidas y sin oraciones,
son ojos y caras que a nadie le importan.
Pequeños pasos sin alegría,
que sobreviven más allá de la sucia intolerancia.
Hay cuerpos de trigo pobre
que aún deambulan por el mundo,
arrastrando millones de zapatos cansados.
Un ejército de niños de la calle
pelea cada día una batalla perdida
contra las cenizas y el hambre.
Sin quererlo,
siguen siendo rehenes, de la madre indiferencia.
Son rehenes de la vida, con la carne y la mirada esclava.
Hoy viven en la soledad
comparten con ella vocales frágiles,
pensamientos sin pasaporte,
susurros arrodillados en la noche.
Probablemente, no pidieron llegar al mundo,
y ser obligados a desterrar
del diccionario la palabra soñar.
Es duro cuando no se logra silenciar
el llanto de una barriga flaca.
Quizá, solo buscan una risa perdida, 
una esperanza en el viento,
que voló sin pedir permiso,
que cambió de estación sin avisar.
Para ellos el mundo sigue girando
con espinas y vidrios,
vomitando el verde pan que alimenta sus vidas.
Tal vez, fueron engañados,
obligados a nacer por el destino,
que sin compasión y dejando a un lado su humanidad
los convirtió,
en niños de la calle.

martes, 30 de enero de 2018

La niña de llanto

Luego de mucho tiempo, vuelvo por el blog. Han pasado muchas cosas desde la última publicación.
Cosas buenas y de las otras que siguen siendo parte de la vida.
Pero hoy regreso con un poema, el cual fue escrito en un momento difícil.

La niña de llanto

No lastimes tu cara, con lágrimas,
en la noche que de sombras se alimenta.
¿Escuchas?, es una caricia, se acerca
se aleja con sus manos,
y una boca suelta risas y mareas.
No lastimes tu alma con ayeres,
retenla, más allá de las ausencias,
que el viento sopla y apaga los recuerdos,
y los ojos,
ellos miran hacia adentro.
No lastimes tus promesas sin invierno,
no dejes ir al amor en hojas muertas,
busca refugio en el abril que dejó mayo,
que tu cuerpo, será semilla en primavera.
No llores mi niña, aún hay tiempo
deja que el sol
coseche en ti las acuarelas,
que la luna amanezca en tu cama,
vestida con luciérnagas y estrellas.
Sigue soñando, sigue siendo
mariposa que navega.
Y un día cuando menos te des cuenta,
un beso,
un beso llegará por las veredas,
la niña de llanto,
la niña de ayer,
hoy, es mujer aunque no creas.

viernes, 10 de marzo de 2017

La última cena

El comedor, fue el lugar de la casa que recibió más ideas a la hora de ser decorado, porque allí sería un espacio único, donde todos se sentarían viéndose las frentes, mirándose a los ojos.
Más que un comedor sería una iglesia, o un purgatorio para poder confesar todos los pecados, o un simple lugar de reunión. Por eso pusieron esmero a la hora de construirlo, y fue hecho en el tiempo que comenzaron a construir las casas con techo de loza, y las bovedillas eran historia.
Pero no bastaba solo con eso. Para alcanzar la gloria, el comedor tenía que tener el metraje indicado, todas las medidas debían ser justas para poder acoger a todos los muebles que allí vivirían.
Los cuatro puntos cardinales, identificados por las cuatro esquinas de sus paredes, estaban todas en perfecta escuadra y armonía. El plomo no mentía ni media gota al observar el nivel, todo se había edificado a la perfección. En realidad quedó perfecto, cuando cada uno de los muebles fue puesto en su lugar, en la ubicación que hace mucho tiempo atrás fue definida.
Como un suspiro que late inerte, hoy se puede ver a la mesa ovalada del comedor, y se ve igual que el primer día, y pensar que fue puesta hace treinta años, cuando la familia recién se formaba y la casa estaba repleta de sueños.
Ha estado en el mismo sitio, en ese espacio que la ubica en el centro donde muere la luz, y en lugar que la mantiene apenas separada por una pared y un pequeño pasillo con la entrada de la cocina, dándole la espalda al dormitorio principal, y a unos pocos metros del living.
Las sillas que la acompañan desde siempre, que nacieron con ella y que eran de un roble macizo, hoy ya no se ven ni se sienten tan fuertes, las polillas las han debilitado, sin embargo, siguen sentadas a su alrededor, en silencio, esperando el momento que las haga abandonar la oscuridad.
Aún se puede escuchar el sonido del las cucharas tocando el fondo de los platos, abriéndose paso entre la sopa, mientras a su costado los otros cubiertos aguardan.
El mantel que supo ser confidente de charlas y risas, y que estuvo presente en tantos cumpleaños, sigue invadido por migas de arroz y algún trozo de pan que quedó esperando.
Recostado sobre la mesa, aún se lo puede ver inundado con manchas casi secas de alguna que otra comida, y ellas lo han dejado con olor a ajo y esperanza, llenándolo de cicatrices y silencios.
A su alrededor siguen oyéndose susurros que nadie escucha.
Los retratos en las paredes con fotos en blanco y negro de antiguos familiares, todavía siguen mirando hacia la mesa, observando todo, pero ya no tienen el mismo brillo que antes, una cortina de polvo y telarañas los han hecho permanecer en silencio.
Hasta el viejo reloj de cucú, que descansa en la pared de ladrillos donde una vez se pensó en colocar una ventana, sigue igual con su loca marcha de cuerda y péndulo, dando la hora exacta cada día, durante toda la noche.
En el cristalero de espalda apolillada, los vasos de whisky y las copas de vino esperan, siguen sin sentir el sabor en sus cuerpos, yacen detrás de un vidrio tallado por la ausencia, encima del estante de las botellas de licor añejado que respira a medio llenar.
Todo en el comedor parece igual de lo que una vez fue, es como si el tiempo nunca hubiera pasado por sus paredes, aquellas que alguna vez se vieron alegres, dejando atrás lo amargo con cada nueva mano de pintura.
Sobre la mesa, aún permanece el florero con algunas margaritas vestidas con unos pocos pétalos de plástico, y también se puede ver dos o tres rosas que ya no sueltan color.
Las baldosas en los pisos, que al principio lucían como mármoles, hoy ya no escuchan los pasos, la grasa y el olvido las mantienen oscurecidas y frías.
Lo que todavía se puede sentir, es el aroma del café recién molido, que le dio final a una o dos sobremesas, que sigue inundando cada rincón de las cuatro paredes.
Y mirando hacia el cielo, en un candelabro que antes fue la única luz y que emerge a medio paso del techo, hoy se logra ver la agonía de una vela.
La humedad también se ha hecho huésped del comedor, llenando la mesa y todo lo demás con su verdor, cambiando el olor a piel por otro menos dulce.
La puerta sigue estando cerrada, hace un tiempo que no se usa el comedor, ha quedado inservible.
Fue dejado de lado por una pequeña mesa en la cocina, y por la falta de parte de la familia que ya no vive en la casa, esa familia que tantas veces se reunió pasando por su sombra.
Todo es silencio en él, ya no es lo que era, los únicos testigos de su pobreza son las caras en las fotos.
Solo el agitar de las alas de una mosca retenida en la tela, pone algo de sonido al letargo. Pero todavía están los recuerdos, y ellos nunca olvidan.

sábado, 18 de febrero de 2017

Te busco

Hoy te busco en mi ventana,
y en las cortinas rotas de mi alma.
Es la sonrisa, una promesa herida,
que vuela ausente hasta tu cama.

A tu boca, hoy no alcanzo en mis sueños,
ni en los rincones quebradizos de mis ojos.
Tu mirada es una pequeña y triste golondrina
que sigue aleteando, al sur de mis antojos.

Hoy te busco, más allá de aquella puerta,
en el jardín de rosas y cristales,
los gorriones chiquilines que me habitan,
hoy regresan a salvar mi alma muerta.

Adelante, el rocío respira tu llegada,
no lamentes regresar como te fuiste.
Porque la noche, aún sigue adormecida,
y yo, sigo siendo tu ventana.

Para Judith, mi otra mitad, la mujer de mi vida.
14/02/2017

El árbol




















Nací sin permiso, desgarrando la tierra,
entre caracoles secos y
semillas nuevas.
De apoco fui ganando mi espacio,
mirando el sol
y escuchando llorar a la luna.
La lluvia me encontró desnudo,
pero ella, me hizo fuerte.
Hoy soy brote, hoja y flor,
soy tronco, fruta,
y sombra que da refugio.
Mis raíces son venas que buscan agua.
Mi tronco, es escudo en el viento.
Las hojas me abandonan,
la fruta la obsequio.
No lloro en invierno,
no me lastima el otoño,
el verano me abriga,
y en primavera renazco.
Mi cuerpo es pura madera,
al igual que mis manos.
Soy solo un árbol, que nació equivocado.
Pero, no sientas frío,
porque siempre estaré a tu lado,
ahí, mirando juntos el fuego,
en la estufa, a un costado.

jueves, 19 de enero de 2017

Mi casa

No quiero limitarme a pensar, que sólo es un lugar protegido por cuatro paredes, una puerta y unas cuantas ventanas, y que se alza enclavado en un pedazo de tierra cualquiera.
Con un pequeño jardín donde florecen las esperanzas, camina el tiempo y se renueva la vida.
Es algo más que eso, es mi templo, mi refugio, es un espacio que no tiene tiempo, donde se encierran todos mis deseos y pensamientos.
A ese lugar llego cada noche, sabiendo que me hace sentir un rey, que el sacrificio derramado por mis manos, renace cada día, con cada salir de un nuevo sol.
El mundo se destruye afuera, lejos de nuestra puerta, pero aquí adentro, la paz encontró un lugar donde hacer su nido de regocijo, un lugar donde las palabras son limpias, y no se pierden al pensarlas.
La tentación sucumbe ante el cristal de las ventanas, pero ni siquiera su frío traspasa la verdad, de no caer en la simpleza, por eso retamos a la indiferencia.
En mi casa, todos los sueños son posibles, y cada uno de los que vivimos en ella, somos conscientes de que para hacerlos realidad, hay que luchar por ellos. El no puedo, no figura en nuestras palabras, y la razón, es un poema libre en nuestra mente.
Las canciones escritas por vergüenza, ya no mojan nuestra oreja, preferimos escuchar el canto vivo, en la risa de un solitario río.
Cada reunión en nuestra casa, es una plegaria de agradecimiento, porque en ella nos sentimos alimentados, y esa sensación, es como soltar infinitas miradas que se hacen libres, y corretean bajo las sillas.
La alegría de sentirse vivo, y de pisar sin miedo al que dirán, por pensar diferente, no son calco de nuestro camino.
Mi casa, solo permite que pongan sus pies en ella y que caminen por su sangre, únicamente a aquellos que al pasar por su puerta, dejan afuera  las sombras y el pensamiento, ese, que los impulsa a querer tener lo que no es suyo.
Los conflictos de los que viven en la ignorancia, permanecen atados, lejos de nuestras manos, no somos participes de sus miedos.
Los años pasan, las paredes se gastan de tanta pintura, pero siguen firmes, son columnas entrelazadas que ven pasar los sueños. La puerta sigue abierta al amor, aunque sus grietas son profundas, y es por eso, que prefiere alimentarse con las manos que la tocan.
Cómo no querer a mi casa, si en ella me siento rico, porque sé bien, que al acostarme cada noche, puedo soñar y sentirme seguro bajo su aliento.
El sacrificio de levantas cada uno de estos bloques, para que se hicieran fuertes, también marcó la unión de esta familia, nos hizo duros, aunque muchas veces vimos sangrar  nuestras manos, jamás soltamos una lágrima.
La pobreza, alguna vez compartió nuestra mesa, no obstante le pusimos el hombro y, así la erradicamos en el olvido, como si no la conociéramos.
En las mañanas, se abren nuestras ventanas para dejar entrar la brisa, que se hace huésped en nuestras camas, y se queda dormida en el silencio de almohadas y sábanas.
El sol celoso, también acaricia caras con sueño, y por no sentirse menos, le pone calor al corazón, para luego esconderse cada tarde.
Este castillo que llamamos casa, donde cada uno cuida un horizonte, se mueve siguiendo las huellas, que dejaron los que nacieron antes.
Cuando el mundo, infestado de tanto consumismo se quiebre cayendo en pedazos, habrá un lugar donde encontrar refugio, siempre estará mi casa, de paredes y manos.

miércoles, 11 de enero de 2017

Por falta de leña

El viejo, Juan, caminaba cabizbajo junto a la leña, que se mantenía inmóvil, esparcida por el campo.
¡Ésta, de seguro hace pura llama! En cambio la coronilla ¡Qué leña buena es la coronilla!
¿No les parece?, que es una de las mejores maderas, que es capaz de entregarse al fuego para formar una buena braza.
La estufa sopla y sopla su cansado humo, y pide a gritos que la llena con leña. Ayer, traje un montón que recogí entre cascaras de eucaliptus y  piñas resecas.
Si no avivo el fuego, la comida no estará pronta para cuando llegue, Lucrecia.
Se va a enfadar conmigo, y va a tener que esperar y, es algo que yo sé que no le gusta.
¡Pero ni la mesa está puesta!
¿Qué les parece, pondré algún florero sobre la mesa? A, Lucrecia, le gustan las rosas. Prefiere las que son bien perfumadas, con pétalos bien formados y brillantes. Esas, que esperan hasta el final del verano, para desojarse.
¡Justo ahora, la estufa se viene a apagar del todo! Necesito más papel para intentar encender éstas brazas, que siguen frías y se retuercen en el fondo.
Ya hace rato que intento encender la estufa, y la muy maldita no quiere. Soplo sin parar, mientras le arrimo otro pedazo de papel. ¡Si le hago aire con el repasador, quizá prende!
¡Ustedes pensarán que estoy loco, y tal vez tengan razón!
Lo mejor sería echarle un poco de querosén, con eso segur prende.
Era solo un niño cuando llevaba el pelo corto. Ahora lo tengo igual, pero más chamuscado, gracias al fogonazo del querosén. ¿Habrá quedado con sabor la comida?
Espero que, Lucrecia, no tenga buen olfato. Voy a traer más rosas, así logro disimular en algo el olor inmundo, que emerge incesante de la estufa.
Parece que fue ayer, cuando hice este jardín, y lo llené de flores. Recuerdo que solo era tierra y unas cuantas piedras.
Lucrecia, solo quería rosas. ¡Yo prefiero los jazmines, porque su perfume es más dulce que el de una rosa!
Voy a cortar unas cuantas flores, y las voy a poner sobre la mesa. Al costado de la estufa, allí también pondré algunas. Quiero disimular el asqueo a querosén.
¡Lucrecia, me matará, si llega a descubrir lo que hice!
Si aparte de las rosas, derramo un poco de perfume. ¿Qué piensan, estaré haciendo lo correcto?
Puede que sí y, de una vez por todas logro quitar el mal olor y, tal vez la comida con, Lucrecia, no sale tan mal.
El perfume hizo avivar el fuego, y la comida hierve dentro de la olla. La voy a dejar tapada, mientras me visto.
En diez minutos llega, Lucrecia. ¿Estaré bien vestido para la ocasión? Yo creo que sí, creo que me irá bien después de todo.
Mejor miro la estufa.
Elegir la ropa que ponerme, me ha llevado media hora. ¡Creo que fue demasiado fuego!
La comida se pegó en el fondo de la olla.
Por suerte, Lucrecia, no vino.

viernes, 6 de enero de 2017

La inocencia de un rostro marchito

Hoy me tropecé con la inocencia, la observé por los barrotes de una reja, mientras camino por una vereda vieja y quebrada.
Sentado en un banco viejo, un hombre anciano despedaza sin remordimiento un trozo de pan, observando cómo se oscurecen las sombras de un montón de palomas flacas, que sin misericordia hacen suyas las migas entre picotones.
Los ojos, vacíos de sueños de aquel viejo, denotan los años, con arrugas que son cataratas que se resbalan por su cara, y empujan a un montón de lágrimas que caen muertas al piso.
Lo veo frotarse sus manos gastadas, llevarlas hasta su cabeza para acomodar la gorra de lana, en la que aún se logra observar las cicatrices hechas por las polillas.
Al verlo así, me pregunto. ¿En qué momento su familia perdió el amor por él? ¿Por qué quebraron su alma y lo privaron de sus afectos, arrastrándolo a vivir en el olvido?
Acaso, en algún momento de su vida se tomaron el tiempo para preguntarle, si así era la manera en que quería terminar sus días, alimentando palomas tristes, y caras que no conoce.
Con su ropa dolida, sigue esperando no se sabe qué. Sólo él es dueño de ese sentimiento, que lo mantiene sentado en el frío, en aquella mañana de invierno.
Igual que un reloj, ve pasar las horas sin sentir la caricia de todos los que se olvidaron de venir a visitarlo, justo en este domingo del día del abuelo.
Él no entiende su futuro, pero tampoco quiere entregarse, menos verse vencido por esa voz oscura que le susurra entre dientes, no van a venir.
Se levanta del banco, y camina con una mirada perdida sin comprensión ni rumbo.
Yo lo miro y sigo caminando, de apoco voy acercándome a la puerta del internado.
Una voz le grita, Don José, no se aleje del patio de descanso, y entonces pude escucharlo. Estoy sentado en un banco más viejo que mi vida, rodeado de flores que se murieron hace años y, a este lugar lo llaman patio de descanso, murmuraba Don José.
Detuvo su paso de niño, y pude ver sus ojos celestes, recorrer la calle de un lado a otro, buscaba otros ojos ausentes de su pasado.
No pudo reconocer a nadie, y con la tristeza colgando de sus zapatos gastados volvió al banco y allí se sentó. Algo decía para él, pero yo no le entendía, por más que aceleraba mis pasos hasta donde se encontraba.
Una joven con su túnica blanca se acercó hasta Don José, en sus manos una carta escrita por trazos entrecortados, le hacían saber que su familia no podía venir a verlo, que le mandaban besos del país donde se encontraban de vacaciones.
Sus manos tiemblan mientras la joven lee la carta, igual al frío en aquella mañana, así era el corazón de los que cambiaron la sangre, por pequeñas alegrías.
Mientras me acerco, no soy capaz de renunciar a mi tristeza. ¿Cómo pudieron dejar de venir, justo en el día del abuelo?
Yo no tengo el mío, hace años que se marchó su huella, quizá por ese motivo me duele más.
Apurado y sin pedirle permiso me senté a su lado, quería de alguna manera hacerle sentir que no estaba solo, que yo estaba ahí para escucharlo. Mi único anhelo, era que por un rato aunque fueran minutos, me sintiera un familiar.
Me miró y pude ver la alegría nacer en sus ojos y, fue ahí que me confundió con su hijo.
Sabía que ibas a venir Uruguay, me dijo, y se quebró en llanto mientras me abraza.
En ese momento, juro que sentí aquel abrazo que hace años me daba mi padre cada vez que nos veíamos, y lloré sintiéndome niño, junto con aquel hombre viejo, que se hacía pedazos sentado a mi lado.
Desde ese domingo, aunque llueva, truene, o haga frío, no dejo de venir a visitar a Don José.
Él me espera sentado en su banco viejo, con sus ojos de cielo y su gorra apolillada, pero con un abrazo que sigue vivo.  

lunes, 2 de enero de 2017

Cuando me marche

Respira el silencio,
escondido en el cristal profundo
de pulmones, ya muertos.
Grita la sangre, oscurecida,
porque ha perdido sus pasos,
aquellos que la acercan, por el camino de venas
que llenan la vida.
Cuando me marche,
ya no acumularé tristezas,
y la soledad, será un tímido capullo
donde mi corazón agoniza.
El miedo a estar solo
dejará de florecer en mi piel
para ser, quizá hojas secas
en un olvido.
La garganta será libre
de gritar sus miedos,
las manos hablarán otro idioma,
ese, que a veces nace
en el verde del ocaso.
Cuando me marche,
no existirán las lágrimas,
no volarán los ojos,
y las miradas que renacían cada día,
serán solo espejos, de apagados reflejos.
El dolor, ya no dejará heridas,
se arrastrará en las cenizas
y en huesos adormecidos en blanco,
para no sentirse solo.
Cuando me marche,
dejaré de escribirle al amor,
colgaré en la ventana de los años
todas las promesas por nacer.
Cuando me marche,
todo lo que fui,
todo lo que soñé para mi vida,
serán solo letras de un libro,
que aún no he escrito.
Cuando me marche...

viernes, 30 de diciembre de 2016

Leo, el león que perdió su melena

Leo era el león líder de su manada, ya que había ganado esa distinción por su enorme melena. Se sentía orgulloso de ella, completamente rojiza, como las hojas secas en otoño bajo el árbol, y larga que casi le hacía caricias a la tierra.
Una mañana, Leo, se levantó sintiéndose algo diferente, pero no supo con certeza, qué sentía.
Su rutina comenzó igual que todos los días, con una larga caminata que lo llevaba hasta el estanque. Allí se lavaba la cara con delicadeza, y remojaba por algunos minutos sus largos bigotes.
En el camino hasta el estanque sintió el peso de ojos que lo observan, ocultos entre los árboles, pero no le dio importancia, ya que él era el rey de la selva, y todos los animales lo respetaban.
Cuando asomó su cara en aquel espejo de agua, pudo ver su reflejo, en ese momento sus ojos se abrieron más de lo normal, se quedó paralizado.
No podía creerlo, su melena ya no estaba. ¿Qué pasó? Se preguntó apurado, y corrió a toda prisa hasta su cueva, tapando su cabeza pelada con sus enormes patas.
Ya dentro de la cueva, llamó a todas las leonas de la manada. ¿Quiero saber, si alguna de ustedes ha visto mi melena? Preguntó, Leo, oculto entre las sombras, lleno de vergüenza al verse así.
Ante la pregunta, todas las leonas respondieron al mismo tiempo, ¡No!
Que ninguna de ellas sabía nada de su melena, mientras intentaban no reírse al verlo tan indefenso.
Triste y sin saber qué hacer, Leo, decidió salir a buscarla.
Al llegar la noche, se puso una camisa floreada, y un sombrero enorme que cubría toda su cabeza, y sin que nadie lo viera, se marchó en busca de su melena.
El sol lo encontró caminando, hasta que se cruzó con una cebra a quien le preguntó.
_ Buenos días, Señora cebra. ¿Por casualidad usted ha visto una melena?
_ Una melena ¡No! ¿Quién perdió su melena? _ Preguntó la cebra. _ Y, Leo, tapando apenas su boca le respondió con una voz diferente, Leo, el león, y siguió su camino.
Más adelante se encontró con un jabalí, a quien le preguntó lo mismo.
Señor jabalí, ¿por casualidad ha visto una melena? Al igual que la cebra, el jabalí le respondió que no.

Leo, siguió caminando, la ilusión de encontrar su melena de apoco desaparecía, hasta que al cruzar por un pastizal se chocó con un puerco espín, que enojado le dijo:
_ Por qué no te fijas dónde caminas.
_ Disculpe Señor puerco espín. _ No lo vi dijo, Leo. Es que estoy buscando una melena.
El puerco espín soltó una carcajada, una melena murmuró, no creo que la encuentres por aquí, y siguió caminando mientras reía.
Cansado de caminar, frustrado por no encontrar su melena, Leo, se sentó en una piedra en soledad, añorando el recuerdo de su amada melena. Recordaba el día cuando comenzó a crecer, en ese entonces, él apenas era un cachorro.
Hoy sentado en la piedra, sólo le queda el recuerdo. Fue allí que, Leo, se entregó al llanto.
En el estanque se juntaron a tomar agua, la cebra, el jabalí y el puerco espín.
Mientras conversan, la cebra comentó algo.
Ayer en la mañana, me crucé con un animal vestido de forma extraña, con una camisa floreada y un enorme sombrero, me preguntó si había visto una melena. El puerco espín y el jabalí dijeron al mismo tiempo, que también habían visto al animal, y que a ellos les preguntó lo mismo, sobre una melena perdida.
Entonces la cebra dijo, yo creo que ese misterioso animal es, Leo, el león, y la melena que busca es la suya.
El jabalí exclamó ¡Pobre, si es, Leo, se debe sentir muy triste!
Tengo una idea dijo el puerco espín, y se sacó treinta de sus espinas. Al verlo la cebra preguntó, ¿cual es la idea?, mientras el jabalí mira asombrado.
Le vamos a fabricar una melena nueva. Entonces, en ese momento la cebra se quitó cuatro mechones de sus clinas, y el jabalí dos mechones de su cola, y con todo aquello hicieron una melena hermosa y única.
Los tres fueron hasta la piedra donde se encontraba, Leo, que al verlos pensó, estoy seguro que se vienen a burlar de mí.
La cebra fue la primera en hablar. Hola, Leo, te hemos traído algo, que pensamos que te hace falta.
Esta melena es para ti, la fabricamos entre los tres.
Leo, pudo sentir como la luz volvía a sus ojos, y sin perder tiempo se la acomodó sobre su cabeza.
Con lágrimas, pero de felicidad, les dio las gracias, y les dijo, ya no me siento triste.
Así con su nueva melena, Leo, y sus tres nuevos amigos se alejaron caminando juntos, por el camino de la vida que lleva a la selva.


                 

jueves, 22 de diciembre de 2016

De un mismo vientre

Nunca quise convertirme en un joven cruel, y es que yo no pedí nacer en estas circunstancias.
Mi madre me tuvo siete minutos después que a mi hermano Omar, y aunque siempre fuimos unidos, el nació diferente, o quizá todo en la vida se le hizo más fácil.
Llegué de sorpresa, jamás me vieron en las ecografías, porque yo me escondía a toda hora en la sombra de mi hermano. A su lado yo me sentía seguro, y la unión que brotaba de nosotros, me hacía pensar que eso nunca cambiaría.
Omar nació con un don, todo lo que tocaba se transformaba en arte, mientras que yo no heredé ni una semilla de su infinito talento.
Nacimos siendo iguales, pero no sé en qué momento cambiamos. Al principio parecíamos dos gotas de la misma lluvia, los dos teníamos el mismo color de pelo, nuestros ojos eran de celestes nubes y hasta la forma de caminar era igual. Nuestra sonrisa era tan idéntica, que siempre nos confundían al escucharnos reír.

domingo, 18 de diciembre de 2016

La media hora del abuelo

Era solo un hombre, un prisionero en una cama de hierro. Con su sufrimiento, le añadía una raya más al esqueleto de alambres y huesos, que hoy lo retenían.
En aquel viejo hospital con pisos de baldosas gastadas y sin color, en una sala postrado, entregado a una enfermedad egoísta y solitaria que desgastaba su cuerpo, así se encontraba el abuelo.
El abuelo, como lo llamaban las enfermeras, aquellas que le habían tomado cariño al verlo con su pelo blanco y sus ojos color de cielo.
Vacíos sus ojos, que una vez fueron igual que dos soles llenos de luz y color, sin embargo hoy, son solo dos sombras en dos huecos profundos que habitan en una cara mustia y llena de surcos.
Lleno de ausencias, sus ojos muertos se fijan en la pequeña luz que cuelga del techo, al que le lejos de estar completo, le faltan pedazos de carne.
El abuelo se queda mirando aquella luz, y en un instante se pierde en sus recuerdos.
Con un suave murmullo con el que parece estar hablando con sí mismo, unas palabras suaves se van uniendo una letra tras otra, para decir: ¡Mi querida nieta!
Mi Juanita, si parece que fue ayer cuando vi tu llegada, cuando miré tu cara llena de rojas mejillas, que parecían dos manzanas en un árbol lleno de vida.
Un pelo rubio y copioso cubría tu pequeña cabeza, y dos ojos casi de avellanas bailaban repletos de risa, porque no podían dejar de mirarme.
Tus pequeñas manos se movían, parecían volar, mientras tu madre te embellecía con aquel, tu primer vestido color rosa.
Naciste en el mes de marzo de madrugada, cuando comenzaba el otoño y el calor del verano se alejaba del almanaque y abandonaba su tiempo.
¡No la abrigues tanto!, le dije a tu madre, que quizá por ser primeriza te puso una gorra de lana, medias y una pequeña bufanda con dibujos y colores.
Así, casi sin poder moverte te tomé entre mis brazos, en ese momento me sentí completo, contigo crecía mi legado, mi herencia y mi sangre.
Como en un pestañeo, el tiempo se tomó su tiempo, y los años se me escaparon entre los dedos.
Parece que fue ayer, cuando te tuve entre mis manos recién llegada a este mundo, y aún siento la emoción que tenía cuando te vi dar tus primeros pasos.
Recuerdo las caídas al dar tus primeras vueltas en bicicleta, yo te seguía detrás, intentaba agarrarte porque no quería que te hicieras daño, y hoy, tu vida vive tus doce años.
¡Cuánto me gustaría retroceder el tiempo en mi reloj enfermo!, poder parar el movimiento de sus agujas, o hacerlas correr hacia atrás.
Hacerlas correr al día en que naciste, y quedarme en ese momento contigo Juanita.
La noche, me ha encontrado llorando igual que un niño, he maldecido al destino por no darme más tiempo para vivir tus días.
Me atormenta la idea de no verte más Juanita, sigo acostado cubierto por estas sábanas blancas con mis brazos llenos de tubos y cables, por eso, mis ojos no encuentran consuelo y solo miran hacia la puerta buscando tus pasos.
Te veo llegar, con tu pelo rubio y largo, parecen infinitos campos de trigo, y tu sonrisa que llena mi alma.
¡Deja que me quite la máscara de oxígeno, necesito hablarte!
Mi nieta, mi Juanita, no quiero que me veas así, soy una marioneta con estos cables, ellos me mueven y me dan vida.
Pero no estaban solos en la sala.
Mientras hablan, una silueta de barro envuelta en harapos se frota las manos frente a su cama.
¡Todavía no me voy!, gritó el abuelo. Quiero media hora más, ya tendrás tu tiempo.

- ¿A quién le gritas abuelo?
- No me hagas caso Juanita, estoy hablando solo. Los viejos hablamos solos.
  Mi Juanita, el abuelo tiene que irse de viaje por un tiempo.
  Quiero que seas buena y cuides a tu abuela.
- Abuelo ¿Cuándo te voy a volver a ver?
- No te preocupes Juanita. Aunque no me veas, yo siempre estaré a tu lado.

Voy a estar en cada flor que recojas, en las piedras del camino por donde pases, o seré ese árbol que sostenga tu hamaca, donde tu vallas allí yo estaré.
Ahora te pido que me des un beso, el abuelo está cansado y tiene sueño, así mañana cuando despierte, aún tendré en mi cara tu beso dormido.


miércoles, 14 de diciembre de 2016

Te buscaré en el ocaso

Vi a la noche hacerse día, y fueron mis dedos los que renacían cada mañana, por recorrer sin prisa las curvas de tu cuerpo con ganas de ser descubiertas y conquistadas.
Tus labios agrietados, germinaban mientras se tocaban, renacían plenos, llenándose de rojos, muriendo con cada beso de mi boca.
El amor fallece, y se entrega a dos cuerpos que se complementan y se hacen uno, entre gemidos, orgasmos, y caricias que gritan por seguir vivas.
Me hice dueño de tu piel, abandoné el puerto de la castidad por ser pecador en tu iglesia, por encontrar refugio en los matices de tu sexo.
La mañana se hizo luz en mi cama, y las sábanas, ellas aún lloran extrañando el perfume de tus senos. Una solitaria almohada me confiesa que te amó al sentirse poseída, y yo le murmuro que todavía te siento, como si siguieras aquí y no te hubieras ido sin despedirte, con tus pasos desnudos. Te seguiré esperando cada noche, te buscaré en cada luna nueva, aunque te hayas ido lejos, dejando mis deseos, abandonando mi piel para perderte en el ocaso.


sábado, 10 de diciembre de 2016

Confesiones de un escritor pobre

Un día me vi cansado por seguir cargando penas de trabajo, por sacrificarme viendo que mi destino no lo conozco, y no sé dónde buscarlo. Así que solo tomé unas hojas y lápiz, y busqué calmar este nuevo sentir que hoy ha nacido.
Dejé libres a mis manos que de apoco se soltaron sobre el papel, mientras las observaba correr en una caravana de palabras, que de apoco encontraban su lugar.
Aquellas manos llenas de callos y cortes volaban, parecían mariposas que flotaban en un lienzo blanco, que anhelaba ser tallado.
Lo que se forma al leer en cada palabra me lleva a otro momento, ¡será cierto!, o solo soy poco crítico y pienso que suenan bien.
Que su significado son cosas que siento y que estaban dormidas muy adentro, que de alguna manera lograron nacer y encontraron su libertad en mis manos.
Quizás fui ciego, recuerdo que en el liceo hace muchos años un escrito ganó un te felicito de parte de mi profesora de literatura, o más acá en el tiempo, ese sueño en el que las palabras brotaban lejos de mí control.
Fueron estas, migas de pan que la vida soltó en mi camino para que yo las recogiera y yo jamás me di cuenta hasta ahora, ¿no lo sé?
De alguna manera tengo que saber qué significa esto que siento al escribir.
Investigué sobre concursos literarios, pensé, por qué no probar con algo que he escrito, y sacarme esta duda, ver si los jurados sienten lo mismo que yo siento.
Porque no pensar de esta manera, si después de todo pisan las mismas calles, respiran el mismo aire, su sangre es roja igual a la mía.
Yo sé que no tengo estudios, que apenas fui tres años al liceo, que no me recibí de nada, ¿esto no me hace menos?, por dentro mi corazón late, y este tiene sentimientos dormidos que quieren caminar.
Mi apellido no es importante, nunca calcé zapatos de oro, pero tengo a mis manos, las que algunas veces sangran pero también me alimentan.
De alguna manera supe escribir diferentes estilos, escribir sin buscar que las palabras suenen lindo, o querer encontrar otras que ni siquiera están escritas en el diccionario.
Solo solté a ese ser que vive adentro mío, que sin ser mudo me grita desde siempre, y que sin ser sordo hasta hoy, yo no lograba escucharlo. 
Es mi alma la que llora por encontrar un sentir, la que descubrió en mis manos ese instrumento que la libera, que le da esperanza de vivir.
Un día en mi trabajo el teléfono sonó, y unas palabras le regalaron una sonrisa a mi cara. Usted es el autor de… Y esas fueron las únicas palabras importantes que recuerdo de aquella charla.
¡Autor!, que lindo suena esta palabra, es de un mundo que yo no conozco, donde las vocales respiran en dada verso.
¡Es verdad esto!, o estoy soñando me dije. Me siento feliz de saber que de alguna manera, a alguien le gustaron mis pequeñas letras.
Entonces me puse a pensar, no es necesario ser licenciado, profesor o erudito para escribir, solo se necesita tener sentimientos y soñar dejándolos libres.
Después de todo un hombre de chacra puede ser presidente de un país, o un obrero metalúrgico puede dirigir una potencia mundial, yo, puedo ser escritor.
No creo que se hayan recibido de nada, por lo menos no más de lo que yo me he recibido, que también salgo cada mañana a buscar mi destino.
Hace muchos años que dejé de usar trajes, hoy visto de jean y remera, y mis zapatos negros duermen en telarañas.
Conseguí un saco, desperté a los zapatos, pero igual me fui de jean, no quiero cambiar todo en mí, necesito sentirme libre.
Me encontré rodeado de paredes que en su altura llegaban al cielo, escalones de mármol me ven pisar su cara, y ahí estaba yo.
Se notaba que veníamos de mundos diferentes, pero esa noche fuimos iguales.
No dejaba de mirar a aquella gente, vestida elegantemente hasta el cansancio, con sus dedos de oro y sonrisas en falso. Y yo sentado entre ellos, con mi saco prestado y mis manos de llanto.
Pude escuchar un montón de palabras, que se perdían al compás de sillas y botones sin aliento.
Sin darme cuenta los que ganaron fueron pasando a mi lado, sin saber que yo también estaba ahí siendo un ganador.
Cuando a mis oídos llegaron las letras de mi nombre, el silencio se durmió en mis pies, y me encontré envuelto en una sinfonía de aplausos que se soltaban por mí.
Estoy agradecido con la vida, hoy puedo decir que las palabras ya no son esclavas en mi alma.



lunes, 5 de diciembre de 2016

Te llamaré, poema

Te sentí, correr por mis venas,
correr sin versos,
descalza, sin vocales,
sin oraciones nuevas.
Correr libre por mis grietas
hasta mis grises,
con tus pasos de tinta añeja.
Y naciste desnuda
siendo niña,
sin hojas blancas, sin plumas,
sin acuarelas.
Llegaste con brotes de primavera,
llegaste libre
con mariposas de tela.
Te llamaré, poema.
Porque yo te conozco, y siempre en mi alma
serás raíz que se aferra.
Nacida de décima y padre soneto,
con ojos de estancia y suspiros de menta,
con pétalos de luna,
y llorar de azucenas.
Y hoy te escucho caminar, sin ritmo ni estrofa
con tu corazón de pájaro,
con tu latir de estrella.
Ahora, ya puedes marcharte,
déjate llevar sin comas ni penas
y entrégate a ciegas bocas, que hoy te esperan.
Y quédate,
quédate para siempre, a vivir en ellas.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Lola la mulita, viaja hasta su origen

Una mañana, Lola la mulita despertó dentro de su cueva con una pregunta que la hace cosquillas, dentro de su pequeña cabeza.
¿De dónde provengo? Se preguntó a si misma.
Es que hace mucho tiempo que no veo a otra de mi especie, se siente extraña la soledad.
Quiero entender, ¿cómo llegué a esta tierra? ¿Por qué estoy sola?
Así que voy a recorrer el campo, y les preguntaré a los animales que encuentre en el camino, tal vez consiga una respuesta.
De esta manera, Lola salió sin tener rumbo, y sin conocer un destino que logre ayudarla a saber por dónde ir.

lunes, 28 de noviembre de 2016

La noche

                        Hoy encontré a la noche
                      la vi desnuda bajo mi cama.
                          Encogida de hombros
                          acariciaba un silencio,
                  mientras se sujetaba a las sábanas,
               por no morir entre polvo y escombros.
                           Pude sentir en el aire
                     un sollozo arrepentido y seco
                               entre suspiros,
                       un prisionero en su boca.
                       Hoy encontré a la noche
                          llena de atardeceres.
                Gigante agonía que todavía respira
                          en el ayer, y el hoy,
                    sombras que gritan sin vida.
              Escuché el verde reclamo de la noche,
                  la sentí lastimada y con tristeza,
                     por no entender su historia,
         que es igual a la de muchos, que aún lloran.
         Hoy encontré a la noche despeinada y muda
               arrinconada en esquinas de juguetes,
                             y baldosas frías.
                  La observé sacudir sus anhelos,
                           la escuché cansada,
                    mientras mira la blanca pared
                añorando una soledad sin mañanas.
                  Miré sus dientes llenos de vacío,
              miré su pelo, un manantial de negros,
                          que nacían del cielo
                          hasta morir en el día.
                  Hoy pude escuchar a la noche,
                  murmuraba plegarias de barro.
          El eco de un perfume de  hierro y flores
          se hacía llovizna escondido en la sangre.
               Un chasquido de cadena y cobre
                        abandona sus pasos,
               como se marchita un recuerdo
                        por un amor lejano.
                    Hoy encontré a la noche,
                       miré su cara sin ojos,
                  un abismo de hojas y gritos.
                      Y aunque ya sea tarde,
                     y el día reclame su hora,
              las cenizas de ayer volverán a ser carne,
                    cuando la noche, toque mi mano.    

viernes, 25 de noviembre de 2016

El ropero

Igual que un gato prendido a un árbol con sus uñas, así se encontraba Simón bajo su cama. Esa noche y las anteriores eran lo mismo, antes de la diez llegaba su castigo. Ser encerrado en el ropero, al costado de fríos y mudos trajes.
Por ese motivo, al escuchar los escalones de madera astillarse con los pasos de su madre yendo hacia su cama, el pobre Simón se aferraba con más fuerzas, al apolillado colchón de resortes.
Aquellos castigos de ser encerrado no tenían edad. Apenas enderezaba Simón sus pasos, cuando los encierros entraron en práctica. Noche tras noche la misma tradición de oscuridad y silencio, de castración y miedo.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Celeste, la moñita que soñaba ir a la escuela

El día primero de enero marcaba la llegada de un nuevo año, y en casa de la familia Marques, este año traía además, un nuevo ciclo escolar para la hija más chica.
Cristina, con sus seis años cumplidos, daba vueltas por la casa con su mochila de Bob esponja, colgada de su espalda.
Su madre al verla y sin querer quitarle la ilusión le dijo. Hija faltan algunos meses aún para la escuela, las clases comienzan en los primeros días de marzo.
Tienes que subir y cambiarte Cristina, tu padre ya puso las valijas en el auto, sabes bien que nos vamos de vacaciones, cuando regresemos tendrás tiempo para aprontar tu mochila.

martes, 22 de noviembre de 2016

Memoria

                               ¡Oh memoria!
             Memoria con aliento de luz y sombra.
              Son estos tus recuerdos agamuzados
                          que se acercan inertes,
                      que se esconden y caminan
                     sin pasos, sin brazos, sin alas.
              Es mi vida un libro rajado, sin pasado,
                                sin memoria,
                          gastado por los años
                con caminar de lado y sin sueños,
         enfermo de vivir con hojas oxidadas y frías
                              con letras viejas.
                  Las palabras que me abrigaban,
                   perdieron su sonido, su aroma,
          perdieron su vida, quedaron sin memoria.
                        Hoy puedo escucharlas.
          Aún, están calladas, ciegas, casi muertas.
                             ¡Oh memoria!
                        Como extraño tu voz,
           como extraño el latir de ese corazón
                   que agoniza en mi cabeza,
      que se aleja de mis ojos, de mi necesidad,
que partió sin mirar atrás, sin sepultar una lágrima.
              En algún lugar, no sé cuándo
                no sé dónde, yo me perdí.
           Ya no reconozco mis recuerdos,
todo es silencio, todo es oscuro y tengo miedo.
                        Cómo seguir,
               si ya no tengo memoria.